¿Qué significa tener conciencia animalista? Esa es una pregunta que hoy intentaremos responder. Desde tiempos inmemoriales, el ser humano se ha dedicado a domesticar y/o a utilizar para sus propios y egoístas fines a todo tipo de seres vivos. En un principio lo hizo por la utilidad que le reportaban, porque se los usaba en muy diversas tareas y hasta para divertirse, pero poco a poco les tomó cariño y comenzó a valorarlos como animales de compañía.

Cuando el hombre dejó de ser nómada y se afincó en determinados lugares con el fin de cultivar sus propios alimentos en vez de simplemente recolectaros, los animales salvajes fueron acercándose lentamente a ellos porque había fuentes de alimento seguras y poco a poco perdieron el miedo e inmediatamente la libertad.

El ser humano siempre fue posesivo y cuando vio lo útil que podía resultar un caballo para trasladarse, un buey para ayudarle a arar, un gato para mantener alejadas a las pequeñas alimañas de sus silos, una oveja para que le proveyeran de lana y leche o un perro que ayudara con el ganado y protegiera sus propiedades, se hizo dueño de todos estos seres y los dominó y manipuló a su antojo.

A partir de allí hemos cometido las atrocidades más viles con los animales: encerrarlos, domarlos a golpes o mediante choques de electricidad, usarlos para experimentos, arrancarles los dientes para amansarlos, viviseccionarlos, martirizarlos y hacerlos víctimas del peor maltrato animal y del abandono.

Actos humanos contrarios a la conciencia animalista

Los experimentos

Si bien es cierto que en muchos países se están censurando estas prácticas, por ahora lo que se ha abandonado es la experimentación con simios o con animales más grandes; en Europa existe una prohibición al respecto, pero esa eliminación se hará en forma gradual.

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La triste realidad es que en miles de laboratorios de farmacéutica y cosmética de todo el mundo, millones de ratones blancos, ratas de laboratorio, conejillos de indias, conejos, gatos, perros y muchas especies más, son aún utilizados para probar las bondades de tal o cual producto, en nombre del ‘bien de la humanidad’. Y eso es algo que se opone por principios a la conciencia animalista.

La cría masiva

Que seres vivos sean criados en espacio ínfimo, con luz continua, para que se dediquen a comer y engorden más rápido. Que se los manipule genéticamente. O que un ganso sufra gavage (alimentación forzada) para obtener foie gras y cientos de ejemplos más, son signos elocuentes de que los seres humanos nos volvemos cada vez más insensibles al dolor ajeno y nos alejamos de la conciencia animalista.

Los circos

Una de las más grandes humillaciones que puede experimentar un animal salvaje es que además de no tener libertad, se le obligue a realizar actos que van contra su naturaleza. Algo contra lo que, como es lógico, se rebelan y terminan siendo apaleados. O se les arrancan las uñas y los dientes y se los trata de la manera más abyecta, para que finalmente un león salte por un aro de fuego o un elefante se siente. ¿Qué significa tener conciencia animalista?

Los acuarios y delfinarios

Todos los animales que se ven en los acuarios están allí porque tienen un alto grado de inteligencia o porque su nivel de comprensión es muy grande. Eso explica que sea posible enseñarles todos estos trucos. Lo que no nos cuentan es que lo hacen forzados por el hambre, por eso se los ‘premia’ con comida. Pero ningún animal que viva en una piscina puede ser realmente feliz. De hecho, los delfines y las orcas se deprimen y hasta se suicidan.

La tauromaquia

Que se practique desde hace mucho tiempo no quiere decir que sea algo correcto. Y mucho menos que haya ‘arte’ en jalear a una animal haciéndole daño a otro de diferente especie. Cuando un toro entra en una plaza con los ojos llenos de aceite, asustado por el griterío y cegado por el sol, no lo hace precisamente por elección propia.

Y que luego de que un señor vestido de colorines le azuce con una capa mientras los banderilleros le clavan púas cada tanto, lo cual le hace perder fuerzas por desangramiento y dolor. Para que el “matador” acabe con su vida, cuando el toro ya no puede soportar más sufrimientos, no debería causar gozo, sino una profunda vergüenza ajena.

Los abandonos

Cuando alguien recoge, adopta o compra una mascota para satisfacer el capricho de un niño o el suyo propio, deberían ser conscientes de que deberán velar por un ser que tendrá necesidad de cariño, cuidados veterinarios y que según la especie puede llegar a vivir muchísimos  años, como es el caso de las tortugas. ¿Qué significa tener conciencia animalista?

Cuando no existe una adopción responsable, tras el entusiasmo inicial y en el momento en el que sacar al perrete tres veces por día, se hace fatigoso. Los excrementos del conejito, hurón, hamster, etc. huelen mal. Y/o no tienen ni la más mínima idea de cómo enseñarle a un gatito a no arañar el sofá, el pobre animalito terminará en la calle.

Con suerte se los encontrará algún alma caritativa que les busque un hogar o una acogida temporal. O quizá acaben en la perrera y sean sacrificados por falta de espacios o se mueran de hambre o terminen pululando de aquí para allá esquivando coches y personas y comiendo desperdicios. De lo que no hay dudas es que su esperanza de vida será corta y su existencia miserable.

La caza deportiva

Es cierto, el hombre ha logrado fabricar armas con las que le resulta fácil abatir a cualquier presa. Pero la pregunta es ¿por qué lo hace? ¿Qué placer se puede obtener en matar a un animal que a veces ni siquiera es para comer, sino para tener un “trofeo” y exhibirlo en la sala de su casa? No existe ni una explicación razonable a eso.

La contaminación

Miles de animales son víctimas de la muerte más horrenda cuando caen en las garras de la peor trampa mortal que les ha tendido el hombre: la contaminación. Y en la que no solo ha involucrado a otras especies, sino que él mismo ha terminado por caer en ella.

Desde tortugas que tragan bolsas creyendo que son medusas o se enredan en redes de pesca, osos que pierden sus espacios y acaban comiendo latas de refrescos, tetrabriks y cartones en la basura, peces, aves y mamíferos que se intoxican con petróleo o vertidos tóxicos, hasta gatos que desesperados de hambre han muerto ahogados por una lata.

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¿Y nos llamamos civilizados?

¿Dónde empiezan los derechos de los animales? Porque aparentemente los derechos de los humanos no tienen fin, aunque nos consideremos los más civilizados y racionales del planeta. En ese sutil límite entre lo que está bien y lo que no, es cuando se despierta la conciencia animalista.

Ojalá cuál pandemia incontrolable la conciencia animalista se expanda por el mundo, para el bien de los animales, de los ecosistemas y del nuestro propio. Porque si no despertamos del letargo de desidia en el que vivimos, muy pronto será tarde para poder solucionar algo. Y nos va la vida en ello.



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