“La educación ambiental pasó de ser algo muy de nicho a una cuestión central en la agenda. Antes este tema no era muy relevante en América Latina. Hoy la situación es completamente otra”, destaca Zelmira May, especialista del Programa de Educación de la UNESCO en América Latina.

Si bien esta rama de la educación está aún en desarrollo, desde las primeras discusiones internacionales sobre el tema, tuvo como objetivo central formar ciudadanos para que construyan una racionalidad ambiental. Es decir, que sean conscientes de la interacción que los ecosistemas y procesos biofísicos tienen con la actividad humana.

“Necesitamos una nueva ética global, una de los individuos y de la sociedad que correspondan al lugar del hombre en la biosfera”, declararon las Naciones Unidas en 1975, cuando firmaron la más antigua declaración sobre educación ambiental en la Carta de Belgrado.

Pero aquella primera concepción era muy diferente a la que hoy se trata de volcar en la política pública. Para Verónica Cáceres, investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina, en aquella época este concepto se abordaba desde un lado conservacionista. “Fue en los 90 cuando la discusión giró a la educación para el desarrollo sostenible, que integraba a las actividades humanas y a la naturaleza en un mismo plano”, explica.

Al momento de la redacción de este artículo, hay 89 ejemplos registrados de instrumentos de política medioambiental aplicados por gobiernos latinoamericanos que incorporan la educación. La mayoría de ellos establecen planes de trabajo interministeriales que buscan implementar proyectos en los niveles primario, medio y secundario. Buscan hacerlo a través de la inclusión transversal de temas ambientales en la currícula, la formación docente y el desarrollo tecnológico y de infraestructura verde.

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Actualmente hay ocho países latinoamericanos que cuentan con una ley o estrategia nacional de educación ambiental: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guatemala, Perú y República Dominicana.

A pesar de ello, América Latina es una de las regiones que menos invierte en su educación. Según datos del Banco Mundial, el promedio de gasto público se encuentra en una de las cifras más bajas en 27 años. Esto se agrega a la difícil labor de coordinar proyectos educativos entre los gobiernos locales y nacionales.

Muchos profesores se convierten entonces en gestores de sus pequeñas escuelas y se dedican a hablar con autoridades, a obtener financiamiento y a participar en concursos que les den visibilidad. Dialogue Earth contactó a tres docentes de la región que contaron sus experiencias a la hora de concretar proyectos ambientales en sus localidades y que, además, tuvieron éxito.

La basura de unos es el futuro de otros

Ramón Majé es profesor de matemáticas en San Francisco, un pequeño pueblo colombiano cafetalero a ocho kilómetros de la capital municipal de Pitalito. Pero desde que llegó a dar clases allí hace más de siete años, logró mucho más que poner números en la pizarra.

“Antes había mucha deserción escolar en este colegio. Y es que muchos de los niños que vienen aquí son hijos de trabajadores golondrina. Cuando se acaba la temporada de cultivo o de cosecha, familias enteras se iban a otros lados a trabajar. Nosotros logramos que eso se reduzca“, explica desde su hogar, cercano a la Institución Educativa Montessori donde monta desde 2017 el proyecto educativo llamado Cafelab.

Una plantación de café en San Agustín, departamento del Huila, suroeste de Colombia. En 2023, Huila fue el primer departamento productor de café del país (Image: Ron Giling / Alamy)

Cafelab significa eso, un laboratorio del café. “El proyecto busca trabajar con estudiantes caficultores de la zona. Buscamos que aprendan sobre la reutilización de los residuos del café. Que no se vayan a otros lados a trabajar y además que se atienda un problema ambiental que no se había reconocido”, añade Majé.

El proyecto empezó cuando Majé llegó a San Francisco. Desde que estudió para ser profesor de matemáticas y física, vio en la forma convencional de dar clase una falla clave. “Si un profesor va a darles matemáticas o cálculo a sus estudiantes, pero con ello no está transformando nada de sus entornos, esa información se vuelve vacía y sin sentido. Cuando empecé en Montessori integré las matemáticas con lo que los estudiantes más conocían. Todo fue en función del café”, describe.

Así, las sumas y restas se integraban a problemas matemáticos en kilogramos de café. Los niños empezaron a ver la clase de otra forma. “Un día un estudiante se me acercó y me dijo: ‘Profe, en mi finca se están botando todos estos residuos del café. Y se arrojan a los cuerpos de agua’. Entonces fue que yo les propuse a los estudiantes hacer un análisis de contexto”, añade.

Majé se unió al profesor de ciencia de sus alumnos y ambos le propusieron a los estudiantes buscar toda la información posible sobre el efecto de las cáscaras de café descartadas en el agua y en la tierra. Así descubrieron, primero, que casi todos en el pueblo tiraban la mayor parte de la cáscara del café que producían al río y otra parte a los mismos terrenos. Segundo, que estos restos acidifican mucho la tierra y no permiten que crezcan otras plantas en la zona.

Pero investigando, encontraron que la mejor forma para neutralizar la acidez era compostando en contenedores los restos del café. En el laboratorio probaron diferentes técnicas para compostar y comprobaron que en efecto, era una posible solución para tratar estos residuos.

Dos niñas sonriendo y sosteniendo una cesta

Dos estudiantes que forman parte del proyecto Cafelab con una cesta hecha con residuos de plantas de café (Imagen: Cafelab)

En un inicio el compostaje fue lo único que experimentaban, pero después de ver los primeros resultados, los estudiantes llegaron al profesor con más ideas de cómo abordar ese mismo problema. “Uno propuso hacer vino, otro dijo que podía hacer velas aromáticas, otro dijo que con el ácido de estas cáscaras podía hacer una batería eléctrica, otro biogás”, sostiene el profesor de matemáticas.

Los directores les decían “los locos” y algunos profesores pensaban que no tenía sentido modificar la enseñanza a la que estaban acostumbrados, pero ambos decidieron seguir desarrollando su nuevo método. Salían a recorrer el campo, tomaban muestras y probaban diferentes técnicas en su laboratorio.

“Cafelab se financiaba con nuestros bolsillos. Cada salida y cada aparato venía de nosotros. La Secretaría de Educación a lo largo del tiempo ha hecho aportes mínimos, la respuesta era siempre que no había recursos”, recuerda Majé.

Fue hasta que empezaron a ganar premios internacionales que Cafelab obtuvo relevancia en el país. “En este momento tenemos una buena relación con el Ministerio de Educación, pero fue después de que fuéramos reconocidas como una de las mejores escuelas del mundo”, admite. Participaron en todos los concursos que encontraban y hoy tienen 34 reconocimientos.

Entre los dos profesores, el de ciencia y el de matemáticas, imparten sus materias respectivas a chicos de entre 14 y 17 años a través de proyectos que desempeñan durante todo el curso. “Hubo una revolución después del premio a la mejor escuela del mundo. Teníamos 350 estudiantes y de noviembre del año pasado a ahora tenemos más de 100 estudiantes adicionales”, destaca Majé.

Pero lo que empezó como un proyecto escolar se convirtió en un modelo que hoy estos profesores buscan reproducir al menos en los 12 Institutos Montessori de la zona, y también quisieran continuar con otras escuelas rurales de Colombia. “Nos gustaría que cada región tenga un modelo similar”, comenta.

Reciclar agua ante una emergencia hídrica

Hoy, México es un país deshidratado. En 2021 se declaró emergencia nacional por sequía, y de ahí en adelante las noticias constantemente le recuerdan a la población que en algún momento, tarde o temprano, cuando abran la llave de la canilla, no saldrá nada.

“Hubo estados que se quedaron completamente sin agua por semanas”, describe César Guzmán Balderrama, un profesor de programación y robótica en el Instituto Cultural Vigotsky, una escuela privada de la ciudad de Tampico en el noreste mexicano.

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“Vemos todo lo relacionado con programación con niños de siete a 11 años y les trato de enseñar cómo esto se implementa en el mundo”, detalla Guzmán. El año pasado, tres de sus estudiantes recibieron el premio de Escuelas Sostenibles de la Fundación Santillana por un proyecto para reciclar el agua de todos los baños de su colegio.

Todo empezó con una tarea que les dejó Guzmán en el curso del último año de primaria. Para ese punto, les había enseñado programación básica para hacer funcionar diferentes aparatos como un motor, una bomba de agua y prender y apagar luces de acuerdo a variables que definían con código.

Pero los experimentos que hacían no tenían un fin mayor que entender la conexión entre mecánica y código. Esto cambió cuando surgió la convocatoria de una feria nacional de ciencia. Una de las categorías era sobre desarrollo sustentable. Guzmán decidió dejar a sus alumnos la tarea de pensar en un problema ambiental que resolver con lo que habían visto en su clase.

“Tres chicos me propusieron abordar el tema del gasto de agua. Al indagar un poco, descubrimos que en el instituto, cuando los niños se lavaban las manos, desperdiciaban mucha agua. Así que empezamos a hacer el conteo de cuántos niños iban al baño y cuánta agua se gastaba. Eran muchísimos litros”, recuerda Guzmán.

Juntos, diseñaron un sistema que almacena el agua usada para lavarse las manos, la filtra y la bombea a un tanque especial que luego vuelve a los inodoros. El concurso pedía solo un prototipo, así que los niños de 11 años hicieron un modelo funcional a pequeña escala.

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Con él fueron reconocidos como ganadores y viajaron a la Ciudad de México. “Pero después nos contactaron de otros sitios para concursar internacionalmente. Ahí decidimos escalar el proyecto e instalamos el sistema de reciclaje de agua en toda nuestra escuela”, asegura Guzmán.

Con el mismo diseño que los niños habían pensado, la escuela dirigió un proyecto para que todos allí reciclaran el agua.

Hoy, Guzmán pretende continuar con aquel proyecto y compartirlo a escuelas vecinas. Aunque el equipo de tres chicos egresó de la primaria, para él otros pueden continuar. “Queremos compartir nuestro proyecto en otros colegios. Nos interesa que esto, que nos funcionó a nosotros, pueda ser usado en otros lados también”, concluye.

Para que crezca el bosque hay que lanzar discos

Jorgelina Gavotti trabaja en la misma escuela técnica donde estudió. Todos los días viaja unos pocos kilómetros hasta Villa Rumipal, una pequeña ciudad que da a un embalse gigantesco en la provincia de Córdoba en Argentina. Da clases de química en los últimos años del secundario en la Escuela IPET 76 Gustavo Riemann.

“Tenemos una forma de trabajo en la que implementamos proyectos. Empezamos en 2014 y la regla es que siempre tengan una mirada ambiental o social”, destaca Gavotti. Son iniciativas en equipos que los chicos desarrollan durante todo el año y que involucran diagnóstico de problemas, investigación y desarrollo de soluciones.

En 2021, uno de los lineamientos que le dieron a los estudiantes fue pensar en cómo actuar frente a incendios. Muy cerca de allí, en el Valle de Calamuchita, se habían quemado miles de hectáreas de cerro y de pampa, incluso muy cerca de las casas de varios de los estudiantes.

tres bomberos caminando hacia una zona incendiada

Bomberos extinguiendo incendios forestales en Córdoba, Argentina, en 2020. El Valle de Calamuchita, cercano a la escuela encargada del proyecto Re-Forest, ha sufrido varios focos de incendios forestales en los últimos años (Imagen: Charly Parrilla / Alamy)

Fueron muchas las propuestas, pero la que dejó a todo el equipo docente impresionado se llamó Re-Forest. “El grupo que vino con la idea era de tres, dos varones y una nena… La nena es mi hija”, destaca Gavotti. El equipo propuso fabricar discos plantables biodegradables que ayuden a recuperar los bosques.

Están hechos de papel reciclado y recolectado del pueblo, y en su interior tienen un polvo especial compuesto por cáscaras de frutas y verduras deshidratadas mezcladas con un mix de semillas de plantas nativas.

“Es algo súper simple, pero cuando ves los resultados no lo podés creer. Ellos agarraban todas las cáscaras que usábamos las mamás en las casas, las juntaban, las secaban en un secador solar, las trituraban y empezaron a experimentar con cantidades y materiales que ponían dentro del disco”, describe Gavotti.

Los alumnos recorrían terrenos degradados y tomaban muestras de suelo que luego llevaban al laboratorio del colegio. Allí introducían los discos y medían variables de acidez, humedad y luz. Así pudieron determinar con precisión el tiempo de compostaje, los cambios en las condiciones del suelo y el tiempo de crecimiento de las plantas.

Como explica la profesora, los suelos, después de haber pasado una perturbación como  incendios o monocultivos de pino, se vuelven muy compactos además de ácidos. Esto no permite que las plantas crezcan con facilidad. Pueden pasar más de cinco años en los que el suelo se recupere naturalmente. “El papel justamente lo que hace es retener agua más tiempo de lo normal. Los discos se compostan en un mes y medio y con eso el suelo se neutraliza”, asegura la profesora de química.

A Gavotti le gustaría seguir con este proyecto año tras año. “Yo no quiero el reconocimiento. Lo que querría es que nos ayuden a comprar ciertos reactivos que necesitamos para desarrollar el proyecto”, sostiene. La profesora de química proyecta dejar la fase de experimentación este año, para empezar la de producción. Quiere fabricar suficientes discos para dotar a los guardaparques de la zona y empezar a sembrarlos.





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